• Derecho  a  Decidir:  un  principio  europeo  y  europeísta

    Derecho a Decidir: un principio europeo y europeísta

    El Derecho a Decidir es un principio democrático, integrador y moderno, en virtud del cual unos ciudadanos constituidos en Pueblo disponen del derecho democrático y de la capacidad de decidir su futuro de manera libre, pacífica y democrática. Eso significa ser reconocido y respetado para poder negociar y acordar las relaciones a establecer con las realidades de su entorno, singularmente, en un mundo cada vez más globalizado e interconectado.

    Sin tergiversaciones absurdas e inconsistentes, el Derecho a Decidir corresponde al sujeto político “pueblo”, definido por la ciencia política, desde la Antigüedad Clásica hasta hoy día, como la “asociación libre y voluntaria de ciudadanos basada en el consentimiento del derecho y en la comunidad de intereses”. Por democrático, el Derecho a Decidir no prejuzga los grados de interdependencia que se deducen de su ejercicio. Y es también para “vivir mejor” en la medida que, como el Concierto o el Convenio Económicos, autoresponsabiliza a quien lo ejerce ofreciéndole instrumentos de competitividad y de desarrollo económico y social y cultural. Pero quisiera detenerme aquí para subrayar que se trata igualmente de un derecho eminentemente europeo y europeísta.

    A lo largo de la historia ha habido muchos proyectos de unificación europea. Sin embargo, todos sucumbieron por tratar de imponerse por la fuerza con un espíritu claramente imperialista y expansivo. Sin contar con la voluntad democrática de las partes. Los proyectos paneuropeos de Hitler o Napoleón son un claro exponente de esta realidad. Ludwig van Beethoven, de quien Europa tomó el cuarto movimiento de su Novena Sinfonía para convertirlo en su himno, fue un gran admirador de Napoleón Bonaparte, porque simbolizaba los ideales democráticos y republicanos de la Revolución Francesa. Incluso, decidió dedicarle su Tercera Sinfonía poniéndole el título de  Bonaparte. Sin embargo, cuando en mayo de 1804, el general francés se autoproclamó emperador, Beethoven, profundamente decepcionado, exclamó furioso: “¡Es igual que todos! Ahora también él pisoteará los derechos humanos y se dedicará exclusivamente a su propia ambición ¡Se exaltará a sí mismo por encima de los demás y se convertirá en un tirano!”. Seguidamente, el genio compositor alemán tomó la primera página del título de la Sinfonía que estaba escribiendo, la arrancó y la tiró al suelo.

    Tuvieron que pasar casi 150 años hasta que en Europa el espíritu tirano, imperial e impositivo diera paso a unos principios democráticos, pacíficos y cooperativos a la hora de tejer las relaciones entre los pueblos europeos. Porque cuando Robert Schumann, en mayo de 1950, idea crear la CECA, lo que hace es proponer (y no imponer) a Alemania el establecimiento de dicho proyecto. Y cuando se dirige a los demás pueblos europeos no trata de imponer su proyecto, sino solicitar su libre adhesión al mismo respetando su voluntad y su Derecho a Decidir.

    Ese fue el gran cambio del paradigma que experimentó Europa a mediados del siglo pasado. Un cambio de modelo de relación entre los pueblos europeos que abandona la imposición y la subordinación y abraza unos principios (la paz, los derechos humanos, la democracia, la igualdad, el respeto mutuo y la libre adhesión) y un método (diálogo, negociación y acuerdo) que han dado como resultado, a pesar de todas las carencias, en un espacio de paz, libertad y desarrollo económico y social modélico en el mundo y en la Historia. Y llegados a este punto, la pregunta es obvia: ¿Por qué unos principios y un método que han servido para organizar de manera democrática, pacífica y productiva las relaciones entre los pueblos europeos no han de servir para ordenar las relaciones entre Euskadi y el Estado?

    Somos vascos y vascas y queremos seguir siendo vascos y vascas en el futuro, con personalidad propia. En libertad, responsabilidad y concordia con el resto de pueblos europeos y del mundo. Buena parte de nuestro futuro se juega en el tablero de la globalización. Necesitamos un reconocimiento democrático e instrumentos potentes para ganar nuestros retos, que son parecidos a los del resto de europeos. Pienso que la aspiración de vascos y vascas seguirá siendo combinar el mayor grado posible de cohesión económica y social y de igualdad de oportunidades con la obtención de la máxima prosperidad y libertad individual y colectiva (Derecho a Decidir o derecho a la existencia). Estoy convencido que quien se aleje de estas aspiraciones seguirá fracasando.

    Es tiempo de la política con mayúsculas. De liderazgos fuertes y audaces. Nos jugamos avanzar y ganar nuestro futuro, o entrar en un adormecedor declive. Algunos hablan del Derecho a Decidir con un enfoque meramente “legalista”. No estoy de acuerdo. Para abordar y resolver una cuestión de naturaleza política hace falta tener mentalidad democrática y moderna, y conjugar tres principios. Y por este orden: el principio de realidad, que hace reconocer, asumir y respetar la existencia de una realidad política legítima; el principio democrático, que utiliza el dialogo, la negociación y el acuerdo como método; y la legalidad, que debe interpretarse y/o adaptarse a esa realidad política abordada y resuelta desde el sentido democrático. Si los Monnet, Schumann, Adenauer, De Gasperi o Spaak, apoyados por los Agirre o Landaburu, no hubieran razonado bajo esos tres principios y por ese orden, no hubiera existido la Unión Europea. Y eso, nos hubiera abocado una vez más al desastre.

    Luke Uribe-Etxebarria Apalategi

    Parlamentario vasco de EAJ-PNV /  Ex-funcionario de la Unión Europea (UE)

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