23 mar. DEMOCRACIA
Markel Olano Arrese, EAJ-PNVren EBBko burukidea
Jean-Claude Juncker, expresidente de la Comisión Europea, describió perfectamente el dilema que atenaza a las democracias occidentales: “Todos sabemos qué tenemos que hacer, lo que no sabemos es cómo ser reelegidos una vez que lo hayamos hecho”.
Parafraseando a Juncker, yo diría que todos sabemos qué tenemos que hacer pero que no sabemos “cómo” hacerlo para que nos vuelvan a elegir. Porque, para mí, la crisis de las democracias liberales reside fundamentalmente en el modo de hacer política: en el “cómo”.
EAJ-PNV es un partido demócrata. Lo era hace 100 años cuando estaba bajo la bota de Primo de Rivera, y lo es hoy cuando las ideologías totalitarias se están extendiendo en todo el mundo.
Ser demócrata implica adoptar una actitud firme en contra de cualquier tipo de autoritarismo, pero, al mismo tiempo, requiere establecer una estrategia para preservar y fortalecer el sistema democrático vasco en el siglo XXI. En mi opinión esta es una misión que EAJ-PNV debe llevar al núcleo duro de sus prioridades.
A la hora de formular dicha estrategia hemos de dar respuesta a tres pilares totalmente interconectados sobre los que se construye toda convivencia democrática: una comunidad cohesionada, una clase media fuerte –que es un dique contra la desigualdad−, y una conexión entre la ciudadanía y sus representantes políticos basada en la confianza.
Si nos centramos en el tercer pilar, tenemos que ser muy conscientes de que la crisis de las democracias occidentales es en gran medida consecuencia de la desconexión entre la ciudadanía y el sistema institucional de representación. Este proceso también está ocurriendo en nuestro país y afecta a EAJ-PNV, un partido que desde su nacimiento ha tenido lazos muy fuertes con la sociedad vasca y que debe reinventarse para fortalecer dichos vínculos con una sociedad en plena transformación.
Conociendo de cerca a Xabier Arzalluz aprendí que no es igual tener el poder que tener autoridad. La autoridad depende en gran medida de la actitud del que ostenta el poder. Estamos hablando, por lo tanto, de legitimidad. En este sentido, en un contexto de crisis política y de polarización, la gobernanza colaborativa se ha constituido en uno de los instrumentos más importantes en manos de las democracias occidentales para restaurar la legitimidad de las instituciones democráticas y fortalecer el sentido comunitario.
La gobernanza colaborativa propone un cambio de actitud de los responsables políticos hacia modelos horizontales de relación más cercana a la ciudadanía y encauza la participación de la sociedad organizada. Y remarco lo de “la participación de la sociedad organizada” porque me parece la forma más factible de propiciar ese acercamiento teniendo en cuenta, además, que desde los tiempos de la dictadura nuestro pueblo ha desarrollado una potentísima red de entidades y asociaciones en todos los órdenes sociales (económico, cultural, social, deportivo, etc.).
Por otra parte, la gobernanza colaborativa permite la participación de la gente en las decisiones públicas de manera más permanente y estructural que a través de la mera elección de representantes políticos. Para ello es imprescindible que el sistema institucional establezca una nueva cultura política que transforme las organizaciones públicas para poder articular espacios donde se dialogue y se negocien los objetivos de la sociedad. No se trata de sustituir la democracia representativa, sino transformarla y reconectarla con la sociedad del siglo XXI.
En la actualidad, en nuestro país, existen distintas experiencias avanzadas de gobernanza colaborativa que abren una vía en la profundización democrática. Citaré tres: el nuevo Plan de Industria 2030, que establece un nuevo modelo de gobernanza práctico y colaborativo, basado en la ejecución de una nueva forma de iniciativa, los Proyectos Transformadores; el modelo de gobernanza colaborativa de la Diputación Foral de Gipuzkoa, que desde 2015 ha movilizado a la sociedad organizada y la ciudadanía para abordar de un modo conjunto los retos más importantes del territorio a través de la escucha, la deliberación y la experimentación; y el Proyecto de Ley de Transparencia en tramitación en el Parlamento Vasco, cuyo objetivo es profundizar en la transparencia de la Administración e impulsar la gobernanza colaborativa mediante la participación activa y la deliberación de diversos actores sociales, económicos y de la ciudadanía.
Frente a esta cultura colaborativa, los movimientos de extrema derecha y los de extrema izquierda socavan la comunidad –el primer pilar de la convivencia democrática- porque viven de la polarización. Consideran que su deber es establecer una lucha entre diferentes órdenes sociales, ya sea en términos de clase (la extrema izquierda) o en términos de “ellos” contra “nosotros” (la extrema derecha). En ambos casos, el fortalecimiento de la comunidad, la democracia y la clase media supone una especie de banqueta en el pasillo que les estorba y les impide desplegar su retórica y su estrategia de enfrentamiento y de polarización. Para los dos extremos los nuevos modelos de gobernanza son más instrumentos de control social que intentos sinceros de conexión con la ciudadanía. El uso de “asambleas abiertas” por parte de EH Bildu es un claro ejemplo de ello.
Otro de los factores clave para el mantenimiento de una democracia sana, como subrayan los profesores Levitsky y Ziblatt, es el respeto de reglas de juego básicas (muchas veces no formales) como la contención a la hora de ejercer el poder por parte de las instituciones o el respeto al adversario político, huyendo de su demonización. Las organizaciones de extrema izquierda y extrema derecha necesitan un enemigo al que combatir, contra el que son legítimos todos los medios, incluida la violencia. Utilizan las instituciones para su combate político y emponzoñan el debate público hasta convertirlo en irrespirable. La profundización de la democracia tiene que hacer frente a estos agentes disolventes.
Por otro lado, las comunidades no se establecen de un modo homogéneo en el mundo. Existen diferencias lingüísticas, culturales, históricas, geográficas, climáticas, etc. que hacen que las comunidades a lo largo y ancho de todo el globo se establezcan de un modo diferenciado. Por eso, el contexto nacional es absolutamente imprescindible.
En las naciones se establece la comunidad de un modo propio, con una cultura propia, con una identidad propia. No se puede entender una comunidad sin entender también los rasgos nacionales. En la Euskadi del siglo XXI dichos rasgos, principalmente el euskera, se convierten en un elemento de integración fundamental para las personas migrantes. Y desde el punto de vista de una tradición política nacionalista, la estrategia nacional debe incluir, sin ninguna duda, el establecimiento de una comunidad fuerte y cohesionada.
La construcción de una democracia sana es, por lo tanto, uno de los retos más importantes que tiene la sociedad vasca. El futuro del pueblo vasco depende de la capacidad que tenga el nacionalismo de liderar la reconexión de las y los vascos con un propósito colectivo común. Para ello es imprescindible que superemos nuestra cultura política clásica y abramos las puertas a un modo de hacer política más abierto y colaborativo.

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