14 mar. Manuel, más que una víctima
Edurne Egaña Manterola, EAJ-PNVko GBBko burukidea
A lo largo de toda su historia ETA cometió 853 asesinatos, aunque es habitual referirnos a las personas asesinadas como víctimas, o víctimas mortales. El año que ETA provocó más muertes fue 1980 con 96 asesinatos. En el 79, fueron 80. En el 78, 66. En el 77, 11. En el 76, hace ahora 50 años, 17 víctimas mortales. ¿Qué sabemos de ellas? Que son personas que fueron injustamente asesinadas a las que se recuerda, especialmente, cuando se produce un aniversario redondo.
Se les recuerda como víctimas. Yo, hoy quiero recordar a una de esas personas. Se trata de Manuel Albizu Idiaquez, fue asesinado por ETA, el 13 de marzo de 1976 en Getaria, mientras conducía su taxi. Acaba de cumplirse el cincuenta aniversario. Su ejecutor se había subido al taxi en Zumaia, le pidió que se desviara en un cruce y allí le descerrajó dos tiros en la cabeza y dejó abandonado el cadáver dentro del vehículo.
Sin derecho a juicio, sin derecho a la defensa, sin pruebas, ni testigos y sin garantía de ningún tipo, ETA se erigió en juez y parte. Le acusó de confidente, le condenó a pena de muerte y ejecutó la pena sin ninguna conmiseración. Todo falso e injusto, camuflado en el contexto de la Transición y en el “algo habrá hecho”. Aplicando el “todo vale”, y el “no hay límite que valga”.
Aquel asesinato quedó impune. Tampoco tuvo esclarecimiento judicial como otros provocados por ETA en aquel tiempo, o por terrorismos y violencias de otro signo. No tuvo ni verdad, ni justicia, ni reparación.
Me gustaría hacer dos reflexiones. Una, dirigida a quienes han practicado o apoyado la violencia y el terrorismo. La otra, orientada a ensanchar con más hondura nuestro recuerdo y mirada a las víctimas.
Aquel asesinato de Manuel Albizu, como todos los demás, fue injusto. Nadie puede tomarse la justicia por su mano. Nadie tiene derecho a quitar la vida de otro semejante. El derecho a la vida es indisponible. Pero quienes mataban, acompañaban su acción de una acusación que pretendía justificar aquella condena, que matar era lícito.
Ese fue un grave padecimiento añadido para las víctimas. Y junto a ello, en aquellos años de forma particularmente intensa, un silencio social temeroso que tardamos años en romper. Un silencio por el que hemos hecho autocrítica sincera a través de nuestras instituciones. En definitiva, un sufrimiento inmenso y una soledad enorme para la familia y allegados de cada víctima.
Cuando se demanda a quienes practicaron o apoyaron la violencia de ETA una autocrítica clara, sin paños calientes, ni quiebros dialécticos, lo que se espera es un acto elemental de verdad, justicia y, sobre todo, de reparación. (Es exactamente lo mismo que hemos exigido al cumplirse el 50 aniversario de los sucesos de Vitoria). Las víctimas han de oír de quienes les provocaron aquel padecimiento irreversible que fue injusto, y que no había nada que tuviera un valor mayor que la vida de aquellos a quienes se la arrebataron. Con más motivo, si el caso ni siquiera ha sido juzgado.
No sirve con decir que “nos solidarizamos con todas las víctimas”, o que “lamentamos y reconocemos su dolor”. Eso no repara el vacío de verdad, ni la injusticia cometida, porque no las refuta ni las valora críticamente. Es francamente lamentable que hoy la izquierda abertzale no entienda este argumento tan básico. No es cuestión de política, sino de humanidad. Es el abc universal de una política de verdad, justicia y reparación para las víctimas de violaciones graves de derechos humanos.
Mi segunda reflexión tiene que ver con nuestro recuerdo y mirada a las víctimas. A todas y cada una de ellas. En este caso a Manuel Albizu Idiáquez. Un hombre que cuando le asesinaron tenía 53 años, casado y con 4 hijos, entre los 11 y los 25 años. Era hermano de un concejal del Ayuntamiento de Deba y del harrijosatzaile, Ángel Albizu, Soarte. Los tres hermanos habían nacido en el caserío de Soarte, en Itziar. Cuando le mataron, Manuel trabajaba como tractorista en unas excavaciones en Rentería, y los fines de semana prestaba servicios como taxista en un coche de su propiedad con una licencia alquilada.
Manuel fue una víctima y más que una víctima. Era una persona con proyectos, familia y la expectativa de desarrollar y vivir un futuro. Una arbitrariedad criminal le privó de ver cómo sus hijos avanzaban en su vida, de disfrutar de la jubilación con su mujer, de hacer algún viaje, de conocer a sus nietos, de reír o llorar por las vicisitudes de la vida. Cada víctima es lo que fue en la vida que pudo vivir. Es todo aquello que deja, pero también es todo lo que pudo ser y no le dejaron. Es la amputación de la vida por vivir.
Conviene que nuestra memoria crítica y solidaria con las víctimas encuentre contenido en esta doble dimensión. Se trata de una memoria política que es capaz de juzgar críticamente lo que pasó y de una memoria cargada de humanidad por saber recordar lo que de verdad supone quitarle la vida a una persona. Cada víctima es una víctima y más que una víctima.

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