La guerra que Putin no ganará

Iñaki Aguirre Arizmendi Parlamentario de EAJ-PNV y portavoz de Exteriores (2014-2023)

Cuando el 24 de febrero 2022 Vladimir Putin inició el tercer acto de su anexión de Ucrania, seguramente ni se le ocurrió que cuatro años más tarde seguiría empantanado en esta guerra. La Operación Militar Especial que debía de durar unos pocos días tuvo como respuesta la lucha de todo un pueblo liderado por su presidente, Volodimir Zelenski, hoy en día líder mundial indiscutible y sinónimo de resistencia contra la barbarie y la crueldad.

La estratagema del antiguo coronel de la KGB para reconstruir la Gran Rusia a la que tanto aspiraba empezó con la invasión de Crimea, en febrero de 2014; siguió con la sublevación armada prorrusa urdida en el Donbás, dos meses más tarde; y debía haber culminado con la conquista total del territorio ucraniano.

Putin no tiene ningún escrúpulo en usar la fuerza. Putin no comparte nuestro modelo de democracia occidental, ni mucho menos nuestro modelo de derechos humanos. Y lo que pretende Putin es tener a su vera un Estado títere que él pueda manipular a su gusto.

La invasión se produjo un jueves, día de pleno en el Parlamento Vasco, circunstancia que aprovechamos para redactar urgentemente una propuesta de declaración institucional de condena de la invasión y  de la guerra. El texto fue remitido a las once de la mañana a los portavoces de exteriores de los diferentes grupos de la Cámara.

¿Qué exponíamos en esa propuesta de declaración? En primer lugar, condenábamos sin paliativos ese acto de guerra contra un Estado soberano. Solicitábamos respeto a la Carta fundacional de la ONU, respeto a los Derechos Humanos, el cese inmediato de la invasión y el repliegue de todas las tropas a Rusia. Pedíamos a la Comisión Europea y al Consejo que adoptaran las medidas necesarias para que Putin y sus cómplices institucionales, militares, personales o aliados extranjeros -como Bielorrusia- se retractaran; y que se impusieran sanciones con todos los instrumentos a disposición de la Unión Europea. Reclamábamos el regreso a la diplomacia y que se estableciera, de forma inmediata, la paz para evitar más consecuencias catastróficas. Y, cómo no, que Europa ayudara a Ucrania con todos sus medios materiales y humanos.

EH Bildu y Elkarrekin Podemos-IU se negaron a firmar la iniciativa. Ellos sabrán por qué… pero yo estoy convencido de que no se atrevieron a condenar a Putin.

Tres semanas más tarde, debatimos en el pleno dos iniciativas: una del PP que iba en el sentido de la propuesta de declaración institucional que habíamos hecho desde el grupo parlamentario de EAJ-PNV,  y otra de EH Bidu que se limitaba a proponer la creación de un “grupo de estudio” en el Parlamento para “analizar” las consecuencias de esta guerra en Euskadi.

Quedó muy patente que la portavoz de EH Bildu estaba bastante más preocupada por el incremento del precio de la gasolina en Euskadi que por los crímenes de guerra y de lesa humanidad del Kremlin. En su intervención, enfatizó que “el envío de armas ofensivas” solo serviría para “alimentar” consecuencias más trágicas y para “incrementar el peligro de un conflicto a gran escala”. Es decir, EH Bildu venía a decir que allá se las componga el pueblo ucraniano como pueda.

Más tarde empezarían su tímida ciaboga, pero siempre negándose a apoyar militarmente a Ucrania -el agredido-, y dando a entender que jamás se podría ganar contra una potencia nuclear como Rusia.

Olvidaba Otegi que los EE. UU. se tuvieron que retirar de Vietnam en 1973 y que, unos años más tarde, lo mismo tuvo que hacer la extinta URSS después de 10 años de guerra en Afganistán. Y los dos gigantes mundiales de la época lo hicieron por las ingentes pérdidas humanas -provocadas por los vietnamitas en el primer caso, y por los muyahidines en el otro-. En ambos casos, y a pesar de la inferioridad humana y material que padecían estas dos naciones, la presión y el apoyo de unas poblaciones que todavía caminaban en chancletas fueron fundamentales para la victoria.

En estos cuatro años de resistencia ante el agresor, el ejército ucraniano ha causado al invasor ruso más de 1.263.850 de bajas humanas, ha destruido 11.704 tanques de combate, 24.091 vehículos blindados de combate, 80.064 vehículos y camiones cisterna y de combustible, 37.614 sistemas de artillería, 1.659 sistemas de cohetes de lanzamiento múltiple, 1.305 sistemas de defensa aérea, 435 aviones, 341 helicópteros, 147.138 drones, 28 barcos y 2 submarinos (según fuentes ucranianas oficiales a 25/02/2026).

¡Parece mentira! En un solo día, Ucrania logró aniquilar el 34% de los bombarderos estratégicos de Rusia con golpes efectuados a más de 5.000 km de su territorio, en plena Siberia; y Ucrania, que era un país que apenas contaba con una fuerza naval, ha conseguido eliminar la armada rusa del Mar Negro, incluyendo el crucero y navío almirante MOSKVA en 2022, además de 2 submarinos. En 2023 decapitó el Estado Mayor de la Armada en la base naval de Sebastopol en la Crimea ocupada.

Pero todo eso le da lo mismo al sátrapa que gobierna los destinos de Rusia. Su afán conquistador representa un peligro, no solo para Ucrania, también  para toda Europa.

Al menos, la mayoría de la UE, ayudada por el Reino Unido, se ha dado cuenta de esta amenaza y ha acometido un enorme esfuerzo para ayudar a Zelenski y a su población martirizada. Solo Robert Fico y Viktor Orban, primeros ministros de Eslovaquia y Hungría, se niegan a ese esfuerzo solidario.

Pero faltaba la sorpresa del año 2025: la victoria de Trump y el errático comportamiento del nuevo mandatario.

Hoy en día, Ucrania lucha contra sus enemigos y también contra supuestos “amigos”. Zelensky es el único líder capaz de enfrentarse a las tres mayores potencias militares del planeta: lucha contra la Casa Blanca, contra el Kremlin y contra Pekin.

¡Pues afirmo que Rusia jamás ganará!

Gora Ukrania askatuta! Slava Ukraini!

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