07 sep. El espíritu del lehendakari Leizaola
Xabier Ezeizabarrena, Presidente de las Juntas Generales de Gipuzkoa
Este 7-9-2026 se cumplen 130 años del nacimiento de Jesús María de Leizaola, Lehendakari del Gobierno Vasco en el exilio, prestigioso jurista y humanista que representa un ejemplo de dedicación y servicio a nuestra nación en tiempos de dificultades extremas.
Es imposible resumir en estas líneas su extenso legado en diversos ámbitos jurídicos y políticos, pero una buena fuente es el exhaustivo estudio realizado por V. Tamayo, “Contribución de J. M. de Leizaola a la ciencia del Derecho Histórico y Autonómico vasco (1896-1989), Iura Vasconiae nº 1, 2002, que puede guiarnos en detalles de su vida incansable de servicio a Euskadi.
Como recuerda V. Tamayo, recuperando las palabras de X. Arzalluz, Leizaola se negó a redactar sus memorias, sosteniendo que “todas las memorias constituyen una autojustificación. Y por tanto falsean la Historia”. En todo caso, su trabajo constante y sus innumerables publicaciones han marcado el sentir del nacionalismo vasco y nos dejan un legado irrepetible, en un iter histórico que va desde la dictadura de Primo de Rivera hasta la transición a la democracia, pasando por la resistencia contra los nazis durante la segunda guerra mundial.
Leizaola nació en Donostia e inició sus estudios en el Colegio de Lekaroz, Baztan. Unas de sus mayores preocupaciones fue la creación de una universidad pública en Euskadi, pues él mismo estudio Derecho al Sur del Ebro, logrando un brillante expediente en la Facultad de Valladolid, donde se licenció con sobresaliente en 1915. Con 19 años, obtuvo por oposición la plaza de letrado en la Diputación de Gipuzkoa. En 1918 ingreso en el Colegio de Abogados de Gipuzkoa, participando en los proyectos estatutarios vascos desde Eusko Ikaskuntza.
Afiliado muy joven a EAJ/PNV, su carrera política despegó con la Segunda República. Fue elegido diputado en Cortes por Gipuzkoa en las elecciones de 1931 y 1933. Destacó como uno de los promotores de las reivindicaciones autonomistas y de la creación de una universidad pública vasca, que facilitara el conocimiento y el acceso a las ciencias para la juventud.
Con el estallido de la Guerra Civil en 1936, se constituyó el primer Gobierno Vasco bajo la presidencia de José Antonio Aguirre. Leizaola asumió la cartera de Justicia y Cultura. En un escenario terrible, formó parte de la Junta de Defensa de Bilbao. Antes de la caída de la ciudad en manos de los franquistas en 1937, coordinó con éxito la evacuación, protegiendo vidas y bienes, y asegurando un repliegue institucional en busca de apoyos internacionales a la causa vasca.
Tras la derrota del bando republicano, inició un exilio que se prolongaría durante más de cuatro décadas. Se estableció inicialmente en Francia, donde continuó desempeñando funciones del ejecutivo en el exilio (Hacienda y Vicepresidencia). Durante la Segunda Guerra Mundial, colaboró con los servicios de inteligencia aliados frente a la ocupación nazi.
En 1960, tras el repentino fallecimiento de Aguirre, Leizaola juró el cargo como nuevo Lehendakari. Fijó su residencia oficial en París, manteniendo viva la legitimidad del Gobierno Vasco ante la comunidad internacional. Durante casi veinte años en el exilio, su labor se centró en denunciar los abusos de la dictadura, preservar la identidad vasca y tejer redes de solidaridad en la diáspora americana y europea. Fue parte activa del incipiente movimiento europeo.
Es ilustrativa su visión, recuperada por L. Mees y S. De Pablo, en “El péndulo patriótico”, Crítica, 2005, pág. 326, apelando a un nacionalismo abierto e integrador: “es nacionalista el que cree en el recurso a la acción directa y en los medios enérgicos y el que confía en la negociación, el separatista rígido y el colaboracionista ocasional, el que tiene prisa por llegar a la última consecuencia, sea como sea, y el que subordina el tiempo a otros factores determinantes de aquella misma libertad. Es nacionalista el creyente y el ateo, el capitalista y el propietario, el colectivista y el individualista, si todos parten de ese reconocimiento previo de la existencia efectiva o posible de la nación y todos tienden a conseguir la libertad que cada uno estima suficiente para ello”.
Como rememora V. Tamayo, en 1974 Leizaola cruzó por Ibardin el Pirineo, protegido por tres gudaris. Llegó hasta la casa de Juntas Gernika y se reunió con los jóvenes de Eusko Gaztedi, antes de dirigirse al pueblo vasco. Luego regresó para presidir la comida del Aberri Eguna en el Jai Alai de Donibane Lohitzun: “vengo de Gernika y de Bilbao fue el simple comentario que realizó a su llegada”.
En 1979, cuarenta y tres años después de haber partido, Jesús María de Leizaola regresó a una Euskadi en plena transición democrática. Siendo yo mismo un niño, recuerdo intensamente la emoción de mi aita por su inminente regreso a tierra vasca. Pocos días después de su multitudinario recibimiento, protagonizó un momento histórico de enorme carga simbólica: hizo entrega formal de los poderes institucionales y las llaves de la legitimidad histórica al nuevo Consejo General Vasco presidido por Carlos Garaikoetxea.
Fue electo en las primeras elecciones al Parlamento Vasco de 1980, pero se retiró de la política activa poco después. Al margen de su faceta política, Leizaola fue un políglota (hablaba euskara, castellano, francés e inglés), de vasta cultura, autor de múltiples estudios sobre Derecho, historia, relaciones internacionales y literatura. Así lo recuerda G. Monreal en su Laudatio a Leizaola como doctor Honoris causa de la EHU en 1988.
El propio Garaikoetxea, en su libro “Euskadi. La transición inacabada”, Planeta, 2002, págs. 55 y 56, describe a Leizaola como “un hombre sabio”. (…) Solíamos bromear a cuenta de sus monólogos, que empezaban analizando la situación política y terminaban con un alarde de erudición entorno a algún episodio del medievo. En las reuniones que manteníamos con él de vez en cuando en Villa Beiris de Baiona, Ajuriaguerra, que era muy impaciente, solía decirle cariñosa pero apremiantemente: Lehendakari, por favor, vamos al asunto…”.
En resumen, el espíritu del Lehendakari Leizaola representa, en estos tiempos de aguas revueltas, una brújula segura y certera que el conjunto del pueblo vasco haremos muy bien en seguir, recordando su ingente legado.

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